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AL
CIUDADANO, DUEÑO SIEMPRE DE LA CIUDAD.
Con esta dedicatoria inicia
Trinidad Simó el libro que, junto a Francesc Jarque, realizaron en 1983
titulado “Valencia Centro Histórico”, y del cual me ha parecido
interesante sacar algunas referencias sobre la historia del entorno en el
que está ubicado nuestro edificio.
Los orígenes del Carmen parten
de dos arrabales, dos poblados bien diferenciados. El de la Pobla Vella
por un lado, próximo a las murallas árabes, que incluía Roteros, alrededor
del cual fue aglutinándose una red de callejuelas y viviendas cuyo
desarrollo dio origen a la estructura fundamental del Carmen, teniendo
como centro la Iglesia de la Santa Cruz (derribada en el S. XIX - 1.844 -,
en cuyo recuerdo nos queda la plaza del mismo nombre), y La Morería o
Pobla Nova, que se localiza junto a la calle de Quart y el Tossal, donde
fueron confinados los “moros”.
También existía el Barrio de
los Tintoreros, en el oeste, que se alineaba a lo largo de lo que ahora es
calle de la Corona. Por él pasaba la acequia de Rovella, que proveía a los
vecinos de agua para su saneamiento y limpieza, y daba impulso en aquel
arrabal a pequeñas fábricas de lana, seda, curtidos y cerámica, y al
molino de arroz llamado de la Corona.
Esta acequia,
importantísima para la ciudad, no fue cubierta hasta bien entrado el siglo
XVIII.
Muy próximo a la Pobla
Nova, entre la plaza de San Jaime y parte de las calles Baja y Alta, se
instaló el Alfondec, lugar reservado para los reyes como hostal y almacén
(posteriormente dedicado a oficinas de carácter público y viviendas de sus
empleados). El Alfondec potenció y reforzó la calle Caballeros, que unía
el lugar reservado al rey y el centro de la ciudad, residencia de los
nobles.
Entre el poblado de
Roteros y el de los Tintes, en el extremo noroeste del Carmen, existía
también, desde el siglo XIV, la Mancebía o Partit, burdel cercado, lugar
público de prostitución con su vida interna reglamentada. También llamado
“Pobla de les femelles pecadrius”.
El Partit llegó a estar
protegido por Juan II a mediados del siglo XV y su vida,
extraordinariamente curiosa, discurrió con más o menos avatares,
privilegios e intentos de derribo, se alargó hasta el S. XVIII. Llegó a
ser considerado “orgullo de la ciudad” o lugar de pecado y corrupción, que
había que hacer desaparecer.
En pocos años, después de
la conquista de Valencia por Jaime I, se construyó, cerca de Roteros, el
Convento del Carmen, con huertos y propiedades a su alrededor,
consiguiendo una importancia muy activa en la vida del barrio.
Aunque los principales
trabajos que se desarrollaron fueron aquellos mencionados (de tintes,
lanas, sedas, curtidos, y alfarería), multitud de otros oficios se
localizaron en este barrio artesano debido a que su situación le
proporcionaba aguas limpias, tanto del río como de la acequia de Rovella,
y también algunas materias primas que, transportadas a través del Turia,
como maderas, piedras y cueros, se almacenaban en sus márgenes. De hecho,
aquí se instaló un alto número de gremios: Pelaires, que lavaban la ropa,
etc.; Sogueros, que trataban la cuerda y sus derivados y dio lugar en el
S. XVI al huerto de En Sendra, después de Sogueros; Esparteros;
Caldereros; Herreros; Guanteros y un largo etc. También se encontraba el
gremio de Curtidores, dedicado al curtido y tinte de pieles, que siempre
se mantuvo muy próximo al río, ahora calle de Blanquerias.
Fue en el siglo S. XIX
cuando el Carmen (con la desamortización de los conventos, el derribo de
las murallas y el desarrollo moderno de la ciudad, todo lo cual termina
con las organizaciones gremiales al tiempo que se organizaba la crecida
demográfica y la consiguiente edificación intensa), sufre sus principales
transformaciones, las cuales quedan todavía, y que afectaron
fundamentalmente a las zonas oeste y noroeste y, sólo en algunos, puntos a
la central. El Convento del Carmen fue reducido, desapareciendo sus
huertos, y en sus edificios vinieron a ubicarse la Academia de Bellas
Artes y el Museo Provincial, al tiempo que la iglesia se convirtió en
parroquia del barrio, después de que fuera derribada la de la Santa Cruz.
La historia reciente, a
partir de 1.950, fue menos positiva para el Carmen. El barrio ha tenido
que sufrir, paradójicamente, junto al halo ya comentado de “barrio
histórico”, un proceso de progresiva marginación al mismo tiempo que,
siempre de manera puntual, se ha derribado arquitectura y modificado el
urbanismo.
No debe resultar extraño,
pues, que tomáramos la decisión, hace más de veinte años, de ubicar en
este histórico barrio el proyecto de Gracentro, y contribuir a frenar la
degradación a que le había sometido el anterior régimen y, con nuestra
iniciativa ( de locos nos calificaron en esta ciudad por ello), incitar a
sostener una constante lucha para su recuperación. Aunque el proceso es
lento sí nos consta que, junto a nosotros, se mueven iniciativas y
proyectos que nos demuestran que no estábamos tan locos.
Carlos Castro. |
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La Cofradía de los Ciegos, una ONCE
del S.XIV
Como todos sabeis, la Plaza de la Santa Cruz recibe dicho nombre porque en
este lugar existió, hasta su derribo, como consecuencia de la
desamortización de Mendizábal, la Parroquia de la Santa Cruz, una de las
catorce que existían en la ciudad de Valencia en la época foral.
En la mencionada Parroquia se fundó, el año de 1.314, la Cofradía de los
Ciegos, y es de ella de la que vamos a hablar conducidos por D. Luis
Tramoyeres Blasco a través de su libro INSTITUCIONES GREMIALES. SU ORIGEN
Y ORGANIZACIÓN EN VALENCIA.
La Cofradía de los Ciegos era una especie de ONCE del S.XIV. Como todas
las Cofradías de la época, tenía muchas funciones (asistenciales,
religiosas, profesionales, etc.).
Por ejemplo, en el plano asistencial, existe una ordenanza del año 1.329
que dispone : “Item que el martes anterior a la fiesta de San Martín se
sirvan venir todos los compañeros desde cualquier lugar donde estén para
dar limosna de comida a un pobre cada uno, dándole “tres diners de pa,
mija lliura de molto et dos diners de vi”. Item que si algún compañero se
encontrara enfermo, que aquel compañero que así lo encuentre tenga a bien
visitarlo y darle la mitad de las limosnas que Dios y la buena gente le
den, y que así lo haga durante ocho días, y si dentro de esos ocho días
aquel muriera el acompañante deba amortajarlo a su cargo. Item que si se
lo encuentra sin guía, deberá acompañarlo por quince días”.
El edificio de la Cofradía se encontraba en la Calle del Carmen (hoy Calle
Museo), la cual, por dicha razón, también recibió el sobrenombre de la
“calle de los ciegos” durante largo del tiempo.
El período de duración de la enseñanza de “ciego oracionero” duraba tres
años, y en ese tiempo el maestro tenía que instruir al discípulo en el
conocimiento de oraciones y canciones, y en los principios del arte del
violín y la guitarra para el acompañamiento de aquellas. Al finalizar el
período de instrucción, el aprendiz debía recompensar al maestro con “deu
lliures si era fadrí (soltero), o set lliures si era casat”.
Para pasar el examen definitivo, el aprendiz comparecía acompañado de su
padrino. El aspirante tenía que recitar cincuenta oraciones escogidas por
el tribunal a fin de comprobar sus conocimientos. Posteriormente, se
pasaba al ejercicio de canto e instrumento que, como ya hemos dicho con
anterioridad, eran el violín y la guitarra, indispensables para acompañar
las canciones. Estas podían ser profanas o religiosas, según el acto para
el que fueran contratados (funeral, bautizo, etc.).
La Cofradía era bastante numerosa, contándose por más del centenar sus
miembros activos, los cuales tenían un aceptable nivel de vida para la
época, junto con sus familias, gracias a la Cofradía, hasta el punto de
que acogían a numerosos ciegos venidos desde todo el Reino, los cuales se
desplazaban hasta Valencia atraídos por su fama.
Vicent Seguí i Alemany
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